Por Florentino Ariza

Aquel fatídico primer domingo de octubre de un año que ni Cervantes quiere recordar no selló una simple candidatura; se consumó una macabra tragicomedia sobre las ruinas de la verdad. De la sombra de unas primarias corrompidas emergió la figura de aquel hombre, cuya victoria artificial todavía hoy provoca un frío de náusea y suspiros de estafa entre las almas atribuladas que acudieron a las urnas. Fue un espectáculo grotesco, una confusión de conciencias compradas donde el aventurero repartió promesas como vanos hechizos a cuantos se le cruzaron en el camino. Eran promesas nacidas de la podredumbre, pues en el alma tenebrosa de aquel sujeto la única ley inmutable había sido siempre la misma: prometer, mentir y jamás cumplir. Así con esos resultados ficticio fruto de profanar la democracia resultó ser candidato  a síndico de su partido

Ese profanador de la fe, que con mano sacrílega usó las Sagradas Escrituras como moneda de trueque y cambió espejitos  por oro para convencer  la cándida inocencia de un rebaño evangélico, fue infiltrándose como un veneno lento en las entrañas de la comunidad, en la estructura del partido y en las sombrías galerías del poder estatal. Para la noche del cierre de su campaña, la atmósfera estaba enrarecida por un hedor insoportable de abuso; en su estrado se agolpaban más ministros y espectros del gobierno que en el propio acto del Presidente. Era un despliegue obsceno, dictado por el terror pánico y subterráneo de saber que, aun dilapidando los caudales públicos, la victoria le resultaba un fantasma esquivo.

Cuando despuntó el día de la votación, el panorama en los recintos parecía el escenario de un crimen atroz. Carpas prohibidas se alzaban como panteones donde enterraban la democracia y turbas vestidas con el color de su causa sitiaron los accesos. El tigueraje, cual jauría de criaturas nocturnas, infundió un pavor tan denso que cientos de ciudadanos prefirieron huir al encierro de sus moradas antes que encarar la violencia de aquel clan profano. ¿El resultado en los libros? Una abstención pavorosa y sepulcral, más oscura e implacable que la vista en los días más aciagos de la pandemia.

Usurpada ya la franja del poder municipal, se iniciaron los ritos de su propio calvario. En la ceremonia de transición, sus secuaces maniobraron con desesperación para ahogar los ecos de su antecesor, quien intentaba dejar constancia inútil de que le entregaba un feudo próspero y dotado de carruajes para la limpieza. Necesitaban fabricar el demonio de una crisis para justificar la dilapidación de los recursos públicos en enaltecer la figura del falso apóstol y  una marca ciudad profana construida en la penumbra de la opacidad  financiera.

Bajo el velo de una falsa urgencia, gobernó sumergido en las sombras. Al cabo de un año, le arrancó despóticamente el aliento político a la figura que había sido el escalón de su ascenso. A los dieciocho meses, la ineludible ley de la gravedad hizo su trabajo y comenzó la caída. Los pastores comprendieron demasiado tarde que habían servido de instrumentos para un ritual de engaño; los dirigentes sintieron la puñalada helada en la espalda, y la quimera mesiánica del farsante reveló por fin la efigie de un pequeño tirano de barrio. Su ingratitud rayó en lo perverso y  expulsó del servicio a la maestra que le había instruido en su juventud, negándole con frialdad el pan de sus prestaciones, para dos años después de subir al trono exigir la renuncia del verdadero arquitecto de su efímero triunfo.

Hoy, la decadencia lo cerca como una niebla impenetrable. De la numerosa corte de legisladores que antaño le rendía pleitesía, apenas uno o dos se atreven a cruzar su umbral. Las dos únicas diputadas que aún permanecen a su lado lo hacen no por afecto, sino por el vil cálculo de la usura. Mientras él intenta frenéticamente sostenerse de la vestidura de un proyecto presidencial, las almas que lo construyeron han huido hacia otros proyectos presidenciales internos y los ediles, tras veinticuatro meses de letargo, han abierto los ojos con horror, negándose a ser cómplices de la destrucción de la ciudad

El balance de su paso es un expediente macabro de sombras, opacidad y despilfarro de los caudales públicos para rendir culto a un ego raquítico y cadavérico. La marca está destruida. Hoy, incluso la militancia más ferviente clama en la penumbra por un nombre distinto antes que soportar otro período bajo el yugo de un impostor cuya única devoción ha sido el fraude.

En los salones de la alta dirección cunde un pánico helado, sin saber a qué alma convocar para salvar la plaza del abismo. Sin embargo, en el ámbito de esta demarcación resuena un solo latido subterráneo, matemático y lapidario: colocar nuevamente en la boleta a este falso apóstol en descomposición no es salir a competir; es firmar, con trazo indeleble, su propia y definitiva acta de defunción.

Imagen del cuento  generada por IA