Por Ramón Peralta

A seis días de que el calor de la segunda vuelta electoral de 2000 convirtiera el auditorio central de la capital en un asfixiante hormiguero humano, las cámaras de la televisión enfocaban el estrado con la fijeza implacable de los malos presagios, allí donde se hallaban, frente a frente y con la soledad de los condenados, los dos candidatos que se jugaban la presidencia de la República del Norte; fue entonces cuando el señor Anastacio, un manipulador de la comunicación con más mañas que la dueña de un cabaret y mas intrigante que la muñeca diabolica, ajustó los anteojos y tomó la palabra para dirigir aquel debate decisivo, inaugurando con una sonrisa maliciosa el esperado enfrentamiento  entre Fernando Castillo y Adela Girón, sin saber que sus propias palabras abrirían una rendija por la cual el pasado vendría a cobrarse sus cuentas.

Anastacio explicó a la audiencia que el tema de esa noche sería el manejo de la economía nacional y, en particular, la relación que el país debía sostener con los organismos financieros internacionales. Anunció que cada candidato tendría oportunidad de exponer su visión y de responder a los cuestionamientos del contrario, y pidió que el debate se condujera con el respeto que merecía una nación en un momento tan decisivo de su historia.

El moderador cedió la palabra a Castillo, quien de inmediato fijó su posición. El candidato relató ante el público que el Fondo Monetario Internacional había sido concebido en julio de 1944, durante la Conferencia de Bretton Woods, con el noble propósito de evitar que se repitieran las políticas proteccionistas y las devaluaciones competitivas que habían profundizado la Gran Depresión. Sin embargo, advirtió que el historial del organismo en América Latina distaba mucho de aquellos ideales fundacionales.

Castillo narró, con la voz encendida por la convicción, lo ocurrido durante la llamada “Década Perdida” de 1980. Explicó que la crisis de la deuda externa, desatada en 1982 con la moratoria de México, había dejado a los países latinoamericanos sin capacidad de pago frente a la banca internacional, y que el FMI había intervenido masivamente exigiendo la aplicación de los programas de ajuste estructural del Consenso de Washington. Denunció que aquellas recetas habían impuesto recortes drásticos e inmediatos en el gasto público, golpeando los presupuestos de salud, educación e infraestructura, y que esto había disparado la pobreza, la indigencia y la desigualdad en la región entera.

Prosiguió describiendo cómo las políticas monetarias restrictivas y las altas tasas de interés habían sofocado la demanda interna, provocando caídas drásticas del Producto Interno Bruto y procesos de desindustrialización, todo ello en nombre de generar superávits comerciales para pagar una deuda que nunca dejaba de crecer. Mencionó también las devaluaciones forzadas exigidas como condicionalidad, que habían desatado espirales inflacionarias e hiperinflaciones capaces de pulverizar el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Castillo evocó entonces episodios que la memoria adolorida de nuestra América Latina jamás podrá olvidar: el estallido del Caracazo en la Venezuela de 1989, donde las estimaciones calculan entre 300 y más de 3,000 víctimas fatales; y la masacre de abril de 1984 en  República Dominicana, que dejó un saldo de más de cien personas muertas en las calles, alzadas en protesta legítima contra el alto costo de la vida y los infames “paquetazos” económicos. Cerró su intervención acusando al Fondo Monetario Internacional de aplicar una fórmula ortodoxa de “talla única”, sorda e indolente ante las entrañables particularidades de cada nación, y de priorizar siempre el rescate sin alma de los bancos privados de los países desarrollados por encima del bienestar y la vida de los pueblos deudores.

 

Anastacio, tras escuchar con atención, se volvió hacia Girón y le concedió el turno de réplica.

La candidata agradeció la palabra y, con tono sereno pero firme, señaló que su contendor omitía deliberadamente el contexto y la función real del organismo. Recordó a la audiencia que el FMI estaba integrado por más de 190 países miembros, casi la totalidad de las naciones soberanas del mundo, gobernado por una Junta de Gobernadores, un Directorio Ejecutivo de veinticuatro directores y una Dirección Gerente, y que sus fines eran fomentar la cooperación monetaria internacional, facilitar la expansión del comercio y otorgar recursos financieros temporales a los países con desequilibrios en sus balanzas de pagos.

Girón explicó que ningún país recibía esos recursos sin condiciones porque la condicionalidad no era un capricho, sino el principio que garantizaba que los préstamos se usaran para corregir los problemas de fondo que habían causado la crisis, y no para prolongarla. Argumentó que sin la disciplina monetaria internacional  ese conjunto de reglas que evita las manipulaciones cambiarias y las devaluaciones competitivas para obtener ventajas comerciales desleales,  el sistema financiero mundial caería en el mismo caos que precedió a Bretton Woods.

La candidata reconoció que la década de 1980 había sido dolorosa para la región, pero sostuvo que la raíz del problema no había sido el FMI, sino el sobreendeudamiento irresponsable de gobiernos anteriores y la falta de reformas estructurales que debieron hacerse mucho antes de que estallara la crisis. Insistió en que instituciones como el Banco Mundial, el Banco de Pagos Internacionales y los bancos regionales de desarrollo, como el Banco Interamericano de Desarrollo, complementaban esa arquitectura financiera global ofreciendo financiamiento para el desarrollo a largo plazo y estándares prudenciales como los Acuerdos de Basilea.

Anastacio intervino en ese momento para preguntar a ambos candidatos cómo pensaban manejar, desde la presidencia, las variables económicas fundamentales del sistema monetario internacional: los tipos de cambio, las reservas internacionales, la balanza de pagos y las tasas de interés.

Castillo respondió que su gobierno buscaría fortalecer las reservas internacionales del país como escudo de soberanía, evitando así tener que acudir a mecanismos de ayuda condicionados como los Acuerdos de Derecho de Giro o el Servicio Ampliado del FMI. Propuso una gestión más autónoma del tipo de cambio y del equilibrio de la balanza de pagos, sin la tutela de organismos externos.

Girón, por su parte, defendió una integración prudente a los mercados internacionales de capital, argumentando que las tasas de interés internacionales y los flujos de inversión eran hoy más volátiles que nunca en la era de la globalización, con transacciones digitales que se movían a velocidades antes inimaginables. Sostuvo que su gobierno emplearía herramientas de gestión de flujos de capital, regulaciones macroprudenciales y controles cambiarios temporales para mitigar riesgos sistémicos y prevenir fugas masivas de capital especulativo, sin cerrar las puertas a la inversión extranjera directa que el país necesitaba.

Sobre este último punto, la candidata añadió que su administración fortalecería la seguridad jurídica de los inversionistas extranjeros mediante tratados bilaterales de inversión y el respeto a los mecanismos de solución de controversias, como el CIADI del Banco Mundial, para atraer el capital que generaría empleo y crecimiento.

El moderador, consciente de que el tiempo se agotaba, formuló una última pregunta que resonó en todo el auditorio: si su país enfrentara mañana una crisis de balanza de pagos, ¿acudirían o no al Fondo Monetario Internacional?

Castillo respondió que solo como última instancia, y advirtiendo que su gobierno negociaría condiciones distintas a las impuestas en el pasado, exigiendo un ajuste con rostro humano que no sacrificara a los más pobres. Girón, en cambio, afirmó sin titubeos que acudiría sin demora, convencida de que la cooperación con el FMI y el resto de la arquitectura financiera internacional era la vía más responsable para proteger la estabilidad económica y el bienestar futuro de la nación.

Fue en ese instante, cuando Anastacio ya recogía con manos cansadas sus papeles sobre el atril y se disponía a pronunciar las palabras de despedida, que sucedió algo insólito en la pequeña República del Norte; un suceso que ningún cronista pudo explicar jamás, ni cuando pasaron los años y los hombres olvidaron las promesas de los discursos.

Las bombillas del auditorio, que llevaban horas alumbrando con luz inclemente y fría, se apagaron de golpe, como si una sola soplada de aire extraño hubiera apagado mil candiles. En la penumbra repentina no hubo gritos de pánico, sino un silencio espeso, de muchedumbre acostumbrada a aguantar los golpes de la historia. De pronto, viniendo de las esquinas y del fondo de la sala, comenzó a sentirse un rumor extraño y un  crujir de papeles viejos, el roce de mapas desdoblados sobre mesas de madera y el eco seco de firmas estampadas hacía más de medio siglo. Cuando la claridad regresó, pero no la luz eléctrica, sino una luz sucia y amarilla, semejante a la de las fotografías guardadas en el fondo de un baúl, apareció sobre el estrado, plantado entre los dos candidatos, un hombre flaco con un traje descolorido de solapas anchas, un reloj de cadena en el chaleco y un olor penetrante a salitre y a papel viejo de Bretton Woods.

Nadie lo había visto entrar, y ningún guardia de la puerta recordaría jamás haberle abierto el paso. El desconocido miró al auditorio con la tranquilidad grave de quien ha visto pasar las hambres del mundo y, con una voz baja pero que resonó clara en cada rincón, recordó que él había estado presente en aquella calurosa tarde de julio de 1944 en New Hampshire, cuando los poderosos firmaron el pacto que dio nacimiento al Fondo. Explicó, sin prisa, que había cruzado el tiempo para recordarles a los hijos de este siglo que toda institución nace prometiendo pan y orden, pero que las promesas, con los años, se tuercen en cadenas, aunque jamás se borran de la memoria de los pueblos que las padecen.

Volvió los ojos hacia Castillo y le dijo con honda tristeza que su rabia era justa; que él mismo había visto, desde el fondo de los años, cómo el pueblo venezolano se desangraba en el Caracazo de 1989 y cómo las madres dominicanas golpeaban cacerolas vacías contra el hambre y sus hijos caían abaleados en las calles de la ciudad. Luego miró al otro bando y reconoció que las reglas que ayudaron a tejer en el pasado buscaban frenar el caos, pero advirtió que la medicina terminó siendo a menudo más mortal que la enfermedad misma.

Y sin aguardar preguntas, el hombre del traje pasado de moda se fue desvaneciendo en el aire, disolviéndose igual que el humo de un tabaco consumido hasta el fondo. Dejó sobre la madera del estrado un puñado de cenizas grises con la forma de un tratado internacional, que una corriente de aire rebelde levantó por encima de las cabezas hasta perderlas entre las vigas oscuras del techo.

Anastacio se había orinado del miedo, pálido y con el pulso alterado, tardó un minuto largo en recobrar el aliento. Cuando volvió a hablar, no pronunció palabra sobre la aparición, como si un pacto tácito de silencio hubiera sellado los labios de todos los presentes. Se limitó a dar las gracias de manera formal y a recordar que en seis días el pueblo tendría la palabra en las urnas.

Nadie en la República del Norte volvió a mencionar el suceso a la luz del sol, prefiriendo sepultarlo en el sarcófago del olvido cotidiano. Pero desde aquella maldita noche, en el confín de cada esquina oscura o en el secreto lúgubre de las mesas de café, bastaba con pronunciar el nombre del Fondo Monetario Internacional para que las voces cayeran a un susurro sepulcral; se decía entonces, con el terror helado recorriendo la espina dorsal, que un fantasma venerable y macabro había viajado desde los abismos de 1944 solo para recordarnos las cuentas pendientes de nuestra propia agonía, y la sangre hirviente que las grandes potencias insaciables le habían chupado a los países pequeños, exactamente igual que un vampiro milenario, un Drácula despiadado que  succionaba lentamente la vida de sus víctimas hasta dejarlas convertidas en cenizas.