Por Ramón Peralta Se lanzó al vacío suplicando otra vida, y el cielo, por una vez, la escuchó. Frente al televisor donde parpadeaban las guerras de aranceles y los discursos de los políticos glotones, Nicole habría de recordar aquel mediodía remoto en el convento de sombras, cuando el peso del mundo se medía en monedas de oro y en el terror de las novicias. En aquella otra vida se había llamado Mery Smith, y soportaba el castigo perpetuo de las murallas por haberse negado a las exigencias de un sacerdote depravado que había embarazado a decenas de monjas cuyos hijos terminaban siempre abandonados en la puerta de la iglesia, criados como extraños bajo el secreto de los confesionarios. Sabiendo que el poder del temible Bertolini la aplastaría si se quedaba, una noche sin luna logró escapar. La persecución por el bosque tuvo el estrépito de los perros de los guardias ladrando en su nuca. Al llegar al borde de un precipicio, sin más refugio que su propia inocencia, se lanzó al vacío y, mientras caía suspendida en el aire, le suplicó al Señor con toda el alma que la salvara y la llevara a otra época. Y el milagro profano se cumplió. Viajó en el tiempo y revivió la historia de la humanidad a través de sus instintos más profundos: conoció el mercantilismo de los galeones y las arcas repletas de metal; presenció el nacimiento del liberalismo económico de la mano de Adam Smith; transitó el auge de la ventaja comparativa junto a David Ricardo; sufrió el terror de la Gran Depresión y escuchó las recetas de John Maynard Keynes; soportó la dureza del neoliberalismo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como la euforia de la economía de mercado bajo Bill Clinton. Nicole no lo entendió todo de golpe, como le hubiera gustado. Al principio fueron solo fragmentos sueltos que la asaltaban en los momentos más inoportunos: el olor a cera de una vela que no existía, un miedo repentino a los perros sin razón aparente, la certeza incómoda de haber visto antes una cara que acababa de conocer. Durante años pensó que eran solo manías, quizás algo que debía consultar con un terapeuta, y se rio de sí misma más de una vez frente al espejo por darle vueltas a sensaciones que no llevaban a ningún lado. Fue solo esa noche, viendo en la pantalla la guerra de Trump contra Irán y la batalla comercial entre Estados Unidos y China, cuando las piezas sueltas encajaron con una claridad que la asustó más de lo que la alivió. No era una revelación cómoda. Era, más bien, como descubrir que uno ha estado enfermo mucho tiempo sin saberlo. Todo, absolutamente todo en la historia de los hombres, siempre ha sido por dinero, pensó, y por primera vez la frase no le sonó a lugar común, sino a diagnóstico. Es la economía internacional la que dirige el mundo, para bien o para mal. Esa teoria no se le quedó adentro, como tantas otras veces. Necesitaba ponerla en palabras, aunque solo fuera para comprobar si al escribirla se sostenía o se deshacía como todo lo demás que había creído entender esa noche. Abrió su laptop y, con el pulso todavía alterado, empezó a escribir. Al sentarme a pensar en esta materia, escribió, debo confesar que cuanto más estudio la teoría del comercio internacional, más se me revela como una disciplina que no solo explica por qué compran y venden los países entre sí, sino por qué el planeta entero se ha vuelto un tejido de dependencias que ninguna nación, por poderosa que sea, puede deshacer. La economía internacional estudia precisamente la forma en que los países interactúan mediante el comercio de bienes y servicios, los flujos de capital, la movilidad laboral, los tipos de cambio y las políticas arancelarias. Su premisa de fondo es perturbadora pero honesta: ningún país es autosuficiente. Todos, sin excepción, dependemos de importar lo que no producimos y exportar aquello en lo que somos mejores, y de esa dependencia mutua nacen tanto la prosperidad como el conflicto. Ahí reside la paradoja de que todo el comercio internacional es, al mismo tiempo, un instrumento de paz y un campo de batalla. Cuando dos economías se necesitan, tienen menos incentivos para romper relaciones; pero cuando esa interdependencia se percibe como vulnerabilidad y cuando un país teme depender demasiado de otro para su tecnología, su energía o sus alimentos, el comercio se convierte en arma política. Las guerras arancelarias, el proteccionismo creciente, la fragmentación en bloques regionales en lugar de una globalización plena, la deuda acumulada en economías emergentes y los costos ambientales de una transición energética que no da espera no son anécdotas coyunturales, sino los síntomas de un sistema que nunca dejó de ser tan político como económico. Para entender este engranaje hay que volver a los clásicos. Adam Smith fue el primero en romper con la lógica mercantilista de que la riqueza de una nación se mide por el oro que acumula. Su idea simple era que un país debe especializarse en lo que puede producir con menos recursos que los demás, principio que llamó ventaja absoluta. Pero fue David Ricardo quien dio el salto verdaderamente revolucionario al demostrar que el comercio sigue siendo beneficioso incluso cuando un país es menos eficiente que otro en todo. Lo que importa, decía Ricardo, no es quién produce mejor en términos absolutos, sino quién renuncia a menos al elegir qué producir; es decir, quién tiene el menor costo de oportunidad. Esa idea de la ventaja comparativa sigue siendo, dos siglos después, uno de los pilares más sólidos de la teoría económica. La teoría neoclásica llegó después a matizar ese mundo de costos constantes, incorporando la dotación de factores productivos de Heckscher-Ohlin, y reconoció que los costos de oportunidad no siempre se mantienen fijos, sino que suelen crecer a medida que un país se especializa cada vez más. Sin embargo, esas viejas teorías no explican del todo por qué naciones con estructuras parecidas comercian intensamente entre sí, ni por qué ciertas regiones se convierten en potencias exportadoras mientras otras, con recursos similares, se quedan atrás. Ahí entran los enfoques modernos, que desplazan la pregunta de la eficiencia estática hacia la competitividad dinámica. Alfred Marshall observó que la concentración geográfica de empresas relacionadas, los distritos industriales, genera economías externas como mano de obra especializada, proveedores cercanos, circulación de conocimiento. Michael Porter llevó esa intuición más lejos con su concepto de clúster, al mostrar que la competitividad de una nación no depende solo de sus recursos naturales, sino de cómo empresas, instituciones educativas, proveedores y centros de innovación se entrelazan en un territorio hasta convertirlo en una plataforma capaz de competir internacionalmente. Hoy compiten menos los países que los ecosistemas productivos. Todo este recorrido de Smith a Porter desemboca en el debate sobre la globalización, donde conviven tres miradas. Los hiperglobalizadores creen que asistimos al nacimiento de una economía global única, donde el Estado-nación pierde terreno frente a mercados y corporaciones sin fronteras. Los escépticos sostienen que esa narrativa es exagerada: que el mundo sigue organizado en bloques regionales y que los gobiernos conservan gran capacidad regulatoria. Entre ambos extremos están los transformacionalistas, para quienes el Estado no desaparece ni se mantiene intacto, sino que se transforma, asumiendo nuevos papeles como regulador, negociador internacional y promotor de competitividad, aunque ceda control sobre ciertos flujos financieros y productivos. Quizás la conclusión más honesta a la que puede llegar quien estudia esto es que el comercio internacional nunca ha distribuido sus beneficios de manera uniforme. Genera ganadores y perdedores dentro de una misma economía, abre posibilidades de consumo que ningún país podría alcanzar en soledad, pero también expone a sectores enteros a una competencia que no siempre saben resistir. Ese es el verdadero desafío de no discutir si el comercio es bueno o malo, sino entender bajo qué condiciones sus ganancias pueden repartirse con algo más de justicia. El comercio internacional seguirá siendo el gran motor de las naciones, pero un motor que solo funciona bien cuando la teoría, la geopolítica y el bienestar colectivo logran, aunque sea de forma imperfecta, avanzar juntos. Cuando Nicole terminó de escribir esa última línea, releyó lo escrito una vez, dos veces, como si buscara en sus propias palabras alguna grieta por donde escapar de la conclusión a la que había llegado. No la encontró. Apagó la pantalla de las noticias, que llevaba horas encendida de fondo, justo cuando un presentador mencionaba de pasada un nombre que no le dijo nada esa noche, el de un pastor evangélico, encontrado muerto esa misma tarde a pocas cuadras de su edificio y que ella, agotada, ni siquiera registró del todo. El cansancio se le vino encima de golpe, como si las mismas vidas que acababa de recordar le pesaran todas a la vez sobre los párpados. Quedó dormida junto a su laptop, con la mejilla apoyada sobre sus propios apuntes. El sueño se rompió de repente cuando unos golpes secos sacudieron la puerta del apartamento. Voces gritaron que abriera, que era la policía. Nicole se incorporó todavía confundida, sin entender del todo dónde terminaba el sueño y empezaba la vigilia, y alcanzó a preguntar qué pasaba, quiénes eran, si podía al menos vestirse, antes de que la madera cediera con estrépito y varios agentes se le vinieran encima, inmovilizándola contra el suelo y colocándole las esposas con una brusquedad que no admitía preguntas. Nicole Degaulle, queda detenida por el homicidio de Elías Cabrera, dijo uno de ellos, y a ella el nombre tampoco le dijo nada, no todavía, no hasta que en el asiento trasero de la patrulla alguien mencionó, casi de pasada, que la víctima era un pastor con una fortuna considerable y un historial de denuncias por abuso que nunca había prosperado, y que la propia Nicole había reportado meses atrás, sin que nadie le hiciera caso, cuando una niña del edificio de al lado le contó cosas que ningún adulto quiso creer. Fue entonces, atada de manos en el vehículo, cuando entendió que su denuncia la había convertido, para la policía, en la sospechosa más obvia: quien más rabia tenía, quien más motivo. Quiso explicarlo, decir que ella nunca le había puesto una mano encima a nadie, que solo había hablado, que hablar no es matar, pero las palabras le salían atropelladas y nadie parecía escucharlas de verdad. En la celda, a oscuras, fue golpeada sin piedad por agentes del DICRIM. No gritó, aunque hubiera querido; algo en ella, alguna memoria más vieja que su propio cuerpo, le dijo que gritar no serviría de nada, que ya lo había intentado antes, en otra vida, frente a otros hombres con otros uniformes. Y en medio del dolor y la injusticia, Nicole no llegó a ninguna epifanía limpia ni a ninguna certeza fácil. Solo sintió, con una especie de cansancio acumulado, que reconocía ese lugar el mismo poder ilimitado, el mismo dinero, la misma hipocresía protegiendo al culpable y aplastando a quien se atrevió a señalarlo, solo que esta vez vestida de comisaría en lugar de convento. Frente a los policías que la interrogaban con desprecio bajo la luz parpadeante de la oficina, Nicole dejó de intentar explicarse. Cerró los ojos, y en ese cierre de ojos que no fue resignación sino algo más parecido al agotamiento de quien ya no tiene fuerzas para seguir defendiéndose de una acusación que sabe injusta desapareció del mundo moderno. Volvió al instante exacto en que su cuerpo caía al vacío, suspendido en el aire de la noche, mientras escuchaba muy cerca los ladridos rabiosos de los perros del sacerdote que aún la perseguían a través del tiempo. Navegación de entradas El fantasma de Bretton Woods