Por Ramón Peralta Hay un joven consultor llamado Morris Katz al que hoy se elogia por inventar algo que llaman “populismo orgánico”. Le atribuyen el mérito de dos campañas exitosas: la de Elif Eralp en Berlín y la de Zohran Mamdani en Nueva York, y lo presentan como uno de los estrategas de campañas locales más prestigiosos del mundo. Probablemente lo sea, pero conviene aclarar que lo de Katz no es nuevo, es más viejo que sus propios abuelos. Su virtud, a los 27 años, no es haber inventado nada, sino haber entendido que los seres humanos de hace un siglo sentían exactamente las mismas emociones que siente un joven de hoy. Lo único que cambia de época en época son los pretextos que disparan esas emociones, tal vez antes fue el honor o el patriotismo y hoy puede ser el alquiler y el costo de vivir. La estrategia de fondo es siempre la misma, contar una historia que conecte con lo que la gente ya siente y lo único que cambia es la forma de contarla. Clinton lo entendió en 1992 con su “People First”, y Leonel Fernández tomó ese mismo sello para construir su Nuevo Camino. Peña cometió el error de tomarlo literal y decir primero la gente sin cambiarle na coma al mensaje que lo adaptara a Republica Dominicana La campaña de Leonel Fernández en 1996 no fue una historia de televisión, sino de recorrido nacional y contacto físico incesante con el elector. El PLD se propuso recorrer todos los municipios “para escuchar al pueblo, para aprender del pueblo”, y Leonel se fijó una meta casi obsesiva: saludar a un millón de personas. Esos recorridos no eran solo propaganda ambulante, sino una forma de investigación política: cada apretón de mano convertía a un candidato distante en una figura familiar y transformaba al joven desconocido en un dirigente nacional. Leonel no se limitaba a decir que representaba el Nuevo Camino, hacía que el elector lo viviera en carne propia. Treinta años después, Katz llegaría a la misma conclusión en Nueva York que la calle no es una vitrina para exhibir al candidato, es un laboratorio donde se descubre la pregunta que la campaña debe responder. Ambos convierten la presencia del candidato en parte del mensaje , y el candidato no habla de cercanía; la actúa. Una caravana con mil vehículos produce una imagen de fuerza, pero no enseña nada sobre lo que le preocupa a la gente; pero un mano a mano con paradas y conversaciones, en cambio, produce inteligencia electoral de verdad. Lula ya había recorrido Brasil en sus Caravanas de la Ciudadanía, pero fue en la campaña de 2002 cuando ese despliegue callejero se volvió estrategia formal, de la mano de su publicista Duda Mendonça, heredero de la misma escuela de consultoría moderna que hoy reclama Katz. En sus derrotas anteriores, la izquierda brasileña se enredaba en debates económicos complejos y en la retórica de la lucha de clases. En 2002 todo eso se redujo a dos causas que cualquiera entendía: el hambre, con la bandera de “Hambre Cero”, y el empleo, opuestos al miedo. El eslogan “Lula Paz y Amor” funcionaba como una orden de disciplina: cada vez que el rival lo arrastraba a la confrontación radical, el equipo lo devolvía a ese mismo terreno emocional. La pregunta de fondo era simple: ¿puede Brasil crecer y crear empleo sin abandonar a los pobres? Y el caso demuestra algo clave: la disciplina del mensaje no significa repetir siempre la misma frase, sino conservar el mismo significado profundo mientras cambia el ejemplo, ya sea hablando de producción en una fábrica, de ingresos en una favela o de crecimiento con inclusión en televisión. López Obrador construyó durante años, a fuerza de recorridos, una relación personal con sectores populares y comunidades hartas de los partidos tradicionales. Su campaña de 2018 se apoyó en una narrativa muy concentrada: combate a la corrupción, primero los pobres, rechazo a la violencia, transformación del régimen, organizada en torno a una sola pregunta: ¿quiere usted que siga el sistema de corrupción y privilegios, o que el país cambie? No necesitaba explicar toda la arquitectura de su programa en cada acto, porque volvía siempre al mismo marco: el pueblo frente a la élite, la honestidad frente a la corrupción. Esa fórmula es poderosa, pero conviene una advertencia: construir un enemigo facilita que la gente entienda el conflicto, pero también puede aumentar la polarización social. Ocasio-Cortez no tenía dinero ni maquinaria partidaria. Tenía 28 años y era una desconocida frente a Joe Crowley, un congresista de diez períodos con toda la estructura del aparato demócrata detrás, y aun así lo derrotó con una campaña hecha de personas, voluntarios y organización comunitaria. Su fórmula era desarmantemente simple: “Ellos tienen el dinero; nosotros tenemos a la gente.” Su anuncio viral presentó la elección como una disputa entre los ciudadanos comunes y el dinero político, mezclando su historia personal con una propuesta clara para el Bronx y Queens. No era una campaña rutinaria para ganar una banca; era, o se presentó como, un movimiento. La base fue el contacto directo y empezó con una funda de papel y unas libretas, tocando puertas durante meses, hasta acumular más de 120,000 visitas puerta a puerta, 170,000 llamadas y 175,000 mensajes de texto, cifras propias que muestran la escala del esfuerzo territorial de una candidata que nadie conocía. Su innovación fue integrar datos, redes sociales y tocar puertas en una sola secuencia: identificar al votante, mostrarle el mensaje en redes, visitarlo en su casa, recordarle la fecha de la votación y finalmente movilizarlo. Así, el voluntario nunca llegaba de cero, porque el elector ya había visto antes el rostro de la candidata. Y hay un dato curioso y es que decidió no hacer de Trump el centro de su campaña, y prefirió hablar de los problemas concretos de su comunidad, una lección de disciplina que muchos candidatos todavía no aprenden, la de no dejar que el adversario o la noticia del día decidan la agenda propia. Comparada con el método de Katz, la lógica de Ocasio-Cortez se parece bastante: donde ella tocaba puertas, Katz lleva al candidato adonde está la gente; donde ella conversaba para hallar electores ignorados, Katz identifica preocupaciones mediante el contacto; y sus ejes de dignidad, gente contra dinero y cambio funcionan igual que las dos o tres causas repetidas sin descanso que exige el método. Aun así, no conviene forzar la comparación: su territorio era un distrito, no una ciudad entera, y su identidad ideológica era mucho más explícita que la flexibilidad que exhibe Katz. Con Mamdani, Katz eligió la asequibilidad de la vida en Nueva York como eje de todo, un marco que le permitía hablar de alquiler, transporte y salarios como capítulos de una sola historia, organizados en una pregunta que cualquiera podía responder: ¿puede una familia trabajadora seguir viviendo dignamente en Nueva York? El candidato aparecía caminando por Astoria, mostrando la vida cotidiana de la ciudad, y su video de lanzamiento superó el millón de vistas en 48 horas porque no lo mostraba en un podio, sino donde el problema ocurría de verdad. Katz tampoco le fabricó una personalidad de manual que dejó que Mamdani fuera lo que era musulmán, hijo de inmigrantes, socialista, directo al hablar y convirtió cada propuesta en una imagen, como el salto al agua helada de Coney Island para hablar de la congelación de alquileres. Detrás de los videos hubo una operación de campo enorme, unos 46,000 voluntarios que tocaron más de un millón de puertas, porque el video atraía, la visita persuadía y el voluntario movilizaba. En Berlín, con Elif Eralp, Katz no copió la fórmula, la adaptó: el eje pasó a ser la crisis del alquiler y el poder de los grandes propietarios, con una pregunta de la misma lógica ¿quién debe decidir sobre la vivienda de Berlín, las inmobiliarias o los habitantes? y una candidata, abogada laboralista e hija de inmigrantes turcos, convertida en el rostro de esa causa. La campaña tocó puertas y organizó reuniones con inquilinos, convirtiendo respuestas individuales sobre alquileres en una narrativa colectiva: la crisis de vivienda no era un problema personal, sino el resultado de una decisión política. Reducir todo esto a que “salió a la calle” sería quedarse corto. Lo que realmente hizo Katz fue descubrir una preocupación universal en lugar de partir de la ideología del partido, formular una pregunta sencilla que cualquiera pudiera contestar, elegir pocas causas, poner al candidato en el lugar real donde el problema ocurre, convertir cada política en una imagen memorable y repetir sin dispersarse. No fue solo una campaña digital, porque sin la operación territorial la popularidad en redes nunca se habría convertido en votos; tampoco fue solo ideológica, porque el mensaje que llegó al público amplio hablaba de problemas materiales; y tampoco fue solo personalización, porque la personalidad de los candidatos sirvió para transportar una causa colectiva, no para reemplazarla. Nada de esto es exclusivo de Nueva York o de Berlín. Se puede aplicar en cualquier campaña municipal dominicana al elegir una comunidad y estudiarla con datos, visitar primero las zonas que nunca reciben al candidato, reducir el mensaje a dos o tres causas, dejar que el contacto digital preceda al físico, y formar militantes y seguidores locales que sostengan la conversación. Un ejemplo simple sería: ¿debe el ayuntamiento seguir administrando el abandono o empezar a resolverlo junto a la gente?, con tres ejes: servicios públicos que funcionen, seguridad y transparencia real. Lo digital no sustituye la calle, amplifica lo que la calle ya enseñó. Desde Leonel en el 96 hasta Katz en Nueva York y Berlín, la estrategia de fondo nunca cambió. Lo que cambia es el escenario, y con él, los instrumentos disponibles para contar la misma historia de siempre. La medicina comunicacional que le funcionó a Leonel es, en esencia, la misma que usó Katz con Mamdani y con Eralp, aplicada con los recursos de otra época. Navegación de entradas Aquellas verdades que quisieron enterrar