Algunos segundos después, cuando intentara recordar aquella tarde en Fort Lauderdale, Juan David descubriría que la memoria posee una manera peculiar y en el fondo cruel de mezclar lo que ocurrió con aquello que nunca ocurrió, hasta el punto de que ni el más honesto de los hombres podría jurar dónde termina la vigilia y dónde comienza el delirio. De aquella experiencia conservaría apenas recuerdos vagos. El resplandor metálico del sol sobre los canales, el deslizarse perezoso de los taxis acuáticos, la música que llegaba en oleadas desde los bares de Ola Boulevard, y sobre todo las voces, esas voces que, según juraría siempre, pertenecían a personas que jamás había conocido y que, sin embargo, parecían conocerlo a él con una intimidad que nada tenía de casual. Era Juan David un hombre de aspecto grave, de esos que visten con una pulcritud que delata más ansiedad que elegancia, y que ocultan bajo una seguridad intelectual casi ofensiva una vieja costumbre de desconfiar de sus propios sentidos. Estudiaba Negocios Internacionales y Derecho con la devoción sombría de quien busca en las normas un refugio contra el desorden del mundo, y tenía, como habría de descubrirse aquella noche, una facultad singular y desdichada: la de no distinguir jamás, con entera certeza, si estaba despierto o soñando. Todo había comenzado de la manera más inocente. Alexandra se encontraba en Fort Lauderdale representando a una empresa tecnológica en la feria internacional FITCE, y allí, entre estands y tarjetas de presentación, había conocido a Elizabeth, una joven dominicana de risa fácil y trato inmediato que trabajaba en una tienda física de la República Dominicana administrada por comerciantes chinos. Bastaron pocas frases para que ambas decidieran que el resto de la tarde les pertenecía, y así fue como terminaron abordando uno de los taxis acuáticos gratuitos que recorrían, indiferentes al tiempo, los canales de la ciudad. Fue durante aquel trayecto lento, casi hipnótico, cuando conocieron a Eddy, un colombiano de voz pausada y mirada fija en el agua, que se presentó no sin cierta solemnidad como experto en Derecho Económico Internacional. Escuchó durante un rato la conversación de las dos jóvenes con la paciencia de quien espera el momento exacto para intervenir, y cuando por fin lo hizo, explicó, mirando el reflejo tembloroso de los edificios en el canal, que para comprender los negocios internacionales era necesario primero comprender el sistema económico internacional, porque detrás de cada mercancía que cruzaba una frontera, de cada inversión que llegaba a un país y de cada préstamo que un Estado recibía, existía una arquitectura jurídica, económica e institucional mucho más intrincada de lo que el común de los mortales imaginaba. Alexandra lo escuchaba con una curiosidad genuina, y Elizabeth, que tenía la virtud de interesarse en todo con la misma intensidad, asentía sin interrumpir. Animado por aquel silencio atento, Eddy fue desgranando, con la parsimonia de quien ha repetido la misma lección cien veces, que el sistema económico internacional constituye el conjunto de principios, normas, instituciones, actores y mecanismos mediante los cuales se organizan y regulan las relaciones económicas que trascienden las fronteras de los Estados; que dentro de ese sistema conviven ámbitos tan diversos como el comercio internacional, las relaciones monetarias y financieras, las inversiones extranjeras, la cooperación para el desarrollo, la deuda externa y las relaciones entre gobiernos, organizaciones internacionales y actores privados; y que su estudio resultaba indispensable para comprender el funcionamiento de la economía mundial contemporánea, así como la manera en que el Derecho Internacional regula, facilita, limita y estructura esas dinámicas, pues la economía internacional no era solamente una cuestión de mercados y dinero, sino también de política, de Derecho, de instituciones y de relaciones humanas. Elizabeth quiso saber, con esa curiosidad suya que nunca se conformaba con la primera respuesta, si aquello significaba que ningún país podía entenderse económicamente de manera aislada, a lo que Eddy respondió que así era, en efecto: que el funcionamiento del sistema dependía tanto de las fuerzas del mercado como de las decisiones de los Estados y de las normas internacionales que intentaban encauzarlas, y que por esa razón el estudio del Derecho Económico Internacional debía comenzar por sus fundamentos teóricos, continuar con su evolución histórica e institucional y concluir en el examen de sus especificidades jurídicas, de modo que pudieran comprenderse después, con mayor profundidad, ramas como el comercio internacional, las inversiones, las finanzas y la cooperación al desarrollo. El taxi acuático se aproximó al muelle con la lentitud de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Alexandra descendió primero, Elizabeth la siguió, y Eddy, antes de despedirse, les advirtió con una gravedad que ninguna de las dos supo interpretar entonces, que desconfiaran de quienes afirmaban conocer todos los secretos de la economía internacional. Ninguna comprendió el sentido de aquella frase. Ninguna sospechó, tampoco, que volvería a resonar en su memoria mucho más tarde, cuando ya fuera demasiado tarde para que sirviera de algo. Se sentaron después en un bar al aire libre de Ola Boulevard, justo cuando la tarde comenzaba a deshacerse en la superficie del agua y las luces de los establecimientos empezaban a temblar sobre los canales como si también ellas dudaran de su propia realidad. Fue entonces cuando un joven que ocupaba la mesa contigua, tras escuchar fragmentos de la conversación con el descaro sereno de quien está acostumbrado a que le abran espacio, se acercó y se presentó como Enmanuel. Tenía la clase de seguridad que resulta encantadora en el primer minuto e turbadora en el segundo, esa seguridad de quien parece haber calculado de antemano cada palabra que va a decir, y se ofreció a pagar la cuenta antes incluso de que nadie se la pidiera. Dijo, con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos, que si estaban hablando del sistema económico internacional había algo que no podía dejarse de lado: sus fundamentos teóricos. Nadie le preguntó por qué sabía de qué estaban hablando. Todos, sin embargo, terminaron escuchándolo. Explicó Enmanuel, con la misma soltura con que otros hablan del clima, que el sistema económico internacional contemporáneo podía entenderse como una estructura global en la que interactuaban los Estados, las organizaciones internacionales, las empresas multinacionales, las instituciones financieras, los inversionistas y otros actores económicos, mediante el comercio internacional, los movimientos de capital, las relaciones monetarias, el endeudamiento externo, la cooperación tecnológica y la regulación empresarial. Añadió que aquel entramado se sustentaba teóricamente en el liberalismo económico y en la interdependencia, y que una de sus tendencias fundamentales había sido la reducción progresiva de las barreras arancelarias y no arancelarias, con el propósito de facilitar la circulación internacional de mercancías, servicios, capitales y tecnología, bajo la idea, dijo, bajando la voz como si confiara un secreto, de que la especialización productiva podía aumentar la eficiencia global. Habló luego de la globalización económica, de las cadenas globales de producción y de la integración de los mercados financieros, y sostuvo que estos procesos habían reducido la capacidad de los Estados para controlar de manera aislada ciertos fenómenos económicos, aumentando al mismo tiempo la necesidad de reglas comunes en materias como la jurisdicción, la soberanía, la contratación internacional, las inversiones, los derechos humanos, las empresas multinacionales, la protección ambiental, la propiedad intelectual y la solución de controversias. La interdependencia, insistió, era la clave de todo: una crisis financiera relevante podía repercutir en los mercados internacionales, en las tasas de interés, en los precios de las materias primas, en las monedas, en el empleo, en el comercio e incluso en la deuda pública de otros Estados, de manera que ningún gobierno podía darse el lujo de ignorar por completo lo que ocurría fuera de sus fronteras. Fue en ese momento cuando se acercó a la mesa una camarera que llevaba un rato escuchando desde cierta distancia, con esa atención discreta de quien ha aprendido a fingir que no escucha. Se llamaba Enya, era cubana y estudiaba negocios internacionales, y tenía una manera de hablar tan natural que, apenas dejó los vasos sobre la mesa, todos aceptaron su presencia como si llevara toda la tarde sentada con ellos. Dijo que todavía faltaba algo: que el Derecho Económico Internacional no podía estudiarse con independencia de las teorías económicas que explicaban por qué y cómo comerciaban los Estados. Y sin que nadie se lo pidiera, tomó asiento y comenzó su propio recuento. Explicó que aquel recorrido debía empezar por el mercantilismo, que defendía la acumulación de metales preciosos, la promoción de las exportaciones, la limitación de las importaciones y una fuerte intervención estatal, y que constituía uno de los antecedentes históricos del proteccionismo. Después, dijo, había llegado la teoría de la ventaja absoluta de Adam Smith, según la cual los países podían beneficiarse del comercio al especializarse en aquellos bienes que producían con menor costo absoluto; pero Smith, aclaró ella con una media sonrisa, no había sido el final de la historia, porque David Ricardo introdujo después la teoría de la ventaja comparativa, cuyo planteamiento resultaba todavía más impresionante, ya que sostenía que el comercio podía ser beneficioso incluso cuando un país poseía ventajas absolutas en la producción de varios bienes, siempre que se determinara el menor costo de oportunidad relativo y se estableciera una especialización capaz de aumentar el bienestar agregado. Continuó hablando del modelo Heckscher-Ohlin y de sus ampliaciones neoclásicas, según las cuales los países tendían a exportar los bienes que utilizaban intensivamente los factores de producción de los que disponían en mayor abundancia relativa, y explicó que las economías de escala y la competencia imperfecta permitían comprender mejor el comercio intraindustrial y el creciente papel de las empresas multinacionales. Cerró su exposición con las teorías contemporáneas de las ventajas competitivas, que incorporaban elementos como la tecnología, la innovación, la productividad, el capital humano, la infraestructura y las instituciones para explicar por qué ciertos países y empresas alcanzaban posiciones predominantes en los mercados internacionales. Cuando Enya terminó, Juan David, que hasta entonces se había mantenido en un silencio que no era timidez sino cálculo, decidió intervenir. Tenía el porte de un abogado que ha ensayado demasiadas veces sus propios argumentos frente al espejo, y una manera de hablar que combinaba la seguridad intelectual con una arrogancia apenas disimulada, de esas que resultan admirables en la distancia e insoportables de cerca. Nadie supo explicar de dónde había salido exactamente, pero él parecía sentirse perfectamente cómodo entre aquellas personas que acababa de conocer, como si la conversación llevara toda la vida esperándolo. Sostuvo que todo lo dicho conducía inevitablemente a una de las grandes discusiones del sistema económico internacional: el enfrentamiento entre el libre comercio y el proteccionismo. Explicó que el libre comercio buscaba reducir o eliminar aranceles, cuotas, restricciones cuantitativas, subsidios distorsionantes y barreras técnicas, mientras que el proteccionismo procuraba resguardar determinadas actividades económicas nacionales mediante aranceles, subsidios, medidas antidumping y requisitos de contenido nacional, y que por esa razón el Derecho Económico Internacional debía establecer un delicado equilibrio entre el derecho de los Estados a adoptar sus propias políticas económicas y la obligación de cumplir los compromisos internacionales asumidos. Ahí, dijo, aparecía la verdadera tensión: la soberanía frente a la globalización, esa paradoja según la cual un Estado es más soberano cuanto más sabe limitarse a sí mismo. Los Estados conservaban su soberanía, explicó, pero al suscribir compromisos internacionales aceptaban restringir ciertas facultades regulatorias para garantizar la estabilidad y previsibilidad de las relaciones económicas, tensión que se manifestaba con particular claridad en disciplinas multilaterales como las de la Organización Mundial del Comercio y en los tratados de inversión. Añadió, sin embargo, que el sistema económico internacional no podía entenderse solamente desde la perspectiva liberal, pues era preciso considerar también las profundas desigualdades existentes entre los países desarrollados y los países en desarrollo, de donde surgían los tratamientos especiales y diferenciados, las teorías de la dependencia, el sistema-mundo, el Derecho Internacional del Desarrollo y las críticas a la gobernanza económica global y a las políticas de ajuste estructural. Enumeró después algunos de los principios fundamentales del sistema, la libertad de comercio, la no discriminación, la reciprocidad, la igualdad soberana de los Estados, el desarrollo sostenible, la estabilidad financiera, la protección de las inversiones y la libre circulación de capitales y recordó que, junto a los Estados, actuaban también organizaciones internacionales como la OMC, el FMI, el Banco Mundial, la OIT y la UNCTAD, además de empresas transnacionales e instituciones financieras cuya influencia sobre la economía mundial era, dijo bajando la voz como si aquello fuera una confidencia incómoda, mayor de lo que cualquiera estaría dispuesto a admitir en público. Eddy, que había permanecido escuchando con la paciencia de quien espera su turno, pareció sentir entonces la necesidad de recuperar el hilo de la conversación, y anunció que todo aquello tenía una historia. La arquitectura institucional contemporánea, explicó, no era fruto del azar sino el resultado de sucesivas etapas cuyo punto de inflexión se encontraba en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. En 1944, dijo, la Conferencia de Bretton Woods había establecido las bases del nuevo orden monetario y financiero internacional, y de allí habían surgido el Fondo Monetario Internacional, destinado a contribuir a la estabilidad financiera y a enfrentar los desequilibrios de balanza de pagos, y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, concebido originalmente para financiar la reconstrucción de Europa y que más tarde desempeñaría un papel decisivo en el desarrollo de numerosos países. Contó también que había existido un intento de crear una Organización Internacional del Comercio mediante la Carta de La Habana, proyecto que nunca llegó a consolidarse, y que aquel vacío fue ocupado provisionalmente por el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, el GATT, que durante décadas funcionó como el principal marco de negociación arancelaria y de liberalización comercial. Y entonces, con una lentitud casi ceremonial, pronunció una sola palabra Marrakech que pareció quedar suspendida en el aire húmedo de la noche antes de que explicara que allí, tras la Ronda Uruguay y los acuerdos que llevaban ese nombre, había nacido la Organización Mundial del Comercio, dotando al comercio mundial de un marco institucional permanente y de un mecanismo de solución de diferencias, mientras que, en paralelo, el proceso de descolonización de los años sesenta impulsaba nuevas demandas de cooperación y desarrollo y fortalecía instituciones como la UNCTAD y la OIT, al tiempo que adquirían creciente importancia las normas relativas a las inversiones extranjeras. La conversación se había prolongado ya mucho más de lo que cualquiera de ellos había previsto, y la noche, instalada por completo sobre el canal, hacía que las luces de Ola Boulevard parecieran arder con una intensidad casi febril sobre la superficie oscura del agua. Fue entonces cuando Enmanuel retomó la palabra para explicar las especificidades del Derecho Económico Internacional, sosteniendo que esta disciplina podía considerarse una rama especializada del Derecho Internacional Público en razón de ciertas características particulares. Señaló, primero, su fuerte contenido técnico y su relativa despolitización, pues materias como los aranceles, los flujos financieros, la propiedad intelectual y las subvenciones exigían la intervención de órganos altamente especializados, entre ellos los paneles de la OMC y los mecanismos de arbitraje internacional de inversiones, como el CIADI. Destacó, después, la pluralidad de actores, explicando que el protagonismo antes reservado exclusivamente a los Estados había comenzado a compartirse con empresas transnacionales, organizaciones económicas e inversionistas privados, de lo cual el arbitraje internacional de inversiones era buen ejemplo. Habló luego de la soft law códigos de conducta, directrices y resoluciones que, sin poseer la naturaleza vinculante de los tratados, orientaban, sin embargo, la conducta de los actores internacionales y de los mercados, y del hard law, que establecía obligaciones jurídicas internacionales de cumplimiento estricto. Y concluyó explicando que la creciente interdependencia normativa exigía una constante armonización entre los ordenamientos internos de los Estados y las obligaciones internacionales asumidas en materia fiscal, aduanera, de competencia y de protección de inversiones. Cuando Enmanuel calló, ninguno de ellos supo qué decir, como si el silencio que siguió fuera menos una pausa que una advertencia. Fue entonces cuando nadie recordaría después quién lo propuso exactamente, y ese detalle, insignificante en apariencia, habría de adquirir con el tiempo una importancia perturbadora cuando alguien sugirió ir a Miami. Subieron a un taxi extra large y se dirigieron hacia la Pequeña Habana, donde entraron en una discoteca cuya música parecía sacudir las paredes con la intensidad de un desplome similar al del jet Set, pero se tranquilizaron al recordar que estaban en un país de verdad y cuyas luces convertían los rostros en máscaras intercambiables. Bebieron Cuba Libre, después cerveza, después vodka, y después volvieron a beber, hasta que las conversaciones jurídicas fueron sustituidas por risas deshilachadas y frases que nadie terminaba de pronunciar, y los nombres Eddy, Enmanuel, Enya, Alexandra, Elizabeth comenzaron a confundirse unos con otros con una facilidad que a Juan David, en algún rincón todavía lúcido de su conciencia, le pareció francamente alarmante. Recordaría después, o creería recordar, que alguien había dicho, ya al borde del naufragio etílico, que en la economía internacional ninguna frontera era verdaderamente impermeable. Y después no recordaría nada más. Despertó a las cinco y trece de la madrugada. Permaneció inmóvil durante unos segundos, tratando de reconstruir el lugar donde se encontraba, mientras sentía frío y un balanceo extraño e ininterrumpido bajo el cuerpo. Cuando intentó incorporarse, descubrió, con un terror que le cerró la garganta antes de que pudiera nombrarlo, que estaba completamente desnudo. Miró a su alrededor: los demás también lo estaban, y dormían con la profundidad de quien no sospecha nada, sin que hubiera rastro de ropa en ninguna parte del recinto. Comprendió entonces, con esa seguridad fría que solo dan las peores intuiciones, que algo no estaba bien. El movimiento se hizo más nítido. No era una habitación que temblara: era algo que se desplazaba sobre el agua. Se levantó y se acercó a una ventanilla cubierta de sal, y al mirar hacia afuera sintió que el estómago se le contraía como si una mano invisible lo hubiera apretado desde dentro. Solo había mar. Hasta donde alcanzaba la vista no existía costa alguna, ni luz, ni edificio que delatara la cercanía de tierra firme. Estaban en un yate. Y estaban encerrados. Intentó despertar a los demás, primero con murmullos y después a gritos que le raspaban la garganta, pero nadie respondió; solo pudo comprobar, por el ritmo de sus ronquidos, que seguían con vida. Fue entonces cuando escuchó voces al otro lado de la puerta, voces de hombres que hablaban entre ellos con la naturalidad de quienes discuten un asunto de rutina y entre ellas distinguió una, grave y provista de una autoridad que no admitía réplica, que parecía dar una orden a los demás: decía que ya estaban a más de treinta millas mar adentro y que debían arrojarlo al agua sin más demora. Juan David quedó paralizado. Comprendió que iban a matarlo, y el miedo fue tan absoluto que sintió deseos de orinar; pensó, con la lucidez perversa que a veces acompaña al terror más puro, que no tenía sentido resistirse a la muerte, y permaneció sentado sobre la cama mientras el líquido caliente le descendía por las piernas. Esperó. La puerta seguía cerrada. Las voces continuaban afuera, indiferentes a su espera, como si el tiempo mismo se hubiera puesto de acuerdo con sus captores. Entonces una voz de mujer pronunció su nombre. No respondió. La voz volvió a llamarlo, esta vez más cerca, con una insistencia que no encajaba con el horror que lo rodeaba. Abrió los ojos. Delante de él estaba su muchacha, mirándolo con esos ojos donde se mezclaban la lástima y el desconcierto. Le habló despacio, con la voz mansa de quien cuida a un enfermo: le dijo que se había quedado dormido sobre la máquina, rindiéndose en mitad del examen. Juan David respiró hondo, con un hálito de aire fresco que le devolvió el color al pecho. Echó una ojeada a la pantalla del computador y vio las líneas completas, las respuestas hechas y derechas. Pensó, con la pobre lógica de los hombres cansados, que todo no había sido más que el feo producto del desvelo. Pero al pararse sintió las piernas pesadas, como si cargara dos fundas de cementos en cada pierna y enseguida advirtió la mancha húmeda y fea en la tela clara del pantalón, la prueba vergonzosa de que el cuerpo se le había aflojado en el sueño. Sin embargo salírsele la orina no era lo peor. Su novia, sin decir palabra, le puso la pantalla del celular . Juan David lo miró de reojo, queriendo escapar de su propia vergüenza. Era la noticia escueta de un suceso ocurrido el día anterior: el descubrimiento de un grupo de turistas universitarios, muertos y ahogados en las costas de Miami, tirados al agua desde la cubierta de un yate. El corazón se le paró en seco, dando un golpe sordo que sonó a sentencia definitiva. Le hizo zoom a la fotografía de la pantalla y uno de los muertos tenía su misma cara, sus mismos rasgos, la misma mancha en el pantalon y llevaba su propio nombre impreso al pie de la tragedia. Miró la mancha tibia en su propia ropa y luego volvió los ojos hacia el celular con los ahogados. Y ahí mismo, en el silencio de la pequeña habitación, lo comprendió todo con un escalofrío de tierra fría: ya no sabía si se había despertado de verdad o si, por el contrario, estaba muerto de verdad y no quería terminar de aceptarlo. Navegación de entradas José Andújar llega al territorio con la Dirección de Desarrollo Provincial Misael el joven que está cambiando las reglas de la política en SDE